¿Qué hacemos con la antipolítica?

Mercedes Ferrero analizó las raíces y consecuencias de un fenómeno que crece en la Argentina, y cómo enfrentarlo desde la organización popular.

En su columna de esta semana, Mercedes Ferrero propuso reflexionar sobre un tema que atraviesa a la política argentina: la antipolítica. Partiendo de un dato preocupante —la participación electoral que apenas supera el 50% del padrón— planteó la necesidad de entender sus causas y consecuencias. Lo hizo con su estilo habitual: sembrando preguntas para construir respuestas colectivas.

Ferrero advirtió que la antipolítica significa renunciar a una herramienta poderosa para definir lo común y construir soluciones. Antes de pensar cómo enfrentarla, propuso un ejercicio de distinción: no todo lo que se presenta como rechazo a la política es igual, aunque muchas veces se mezcle en el discurso público.

Una primera vertiente de la antipolítica tiene que ver con la indiferencia y el desentendimiento. Se vincula a la ignorancia política y, según la columnista, se puede ilustrar con el célebre poema El analfabeto político de Bertolt Brecht, escrito en los años 30. Esta postura, que se presenta como una afirmación de la individualidad, deja a las personas aisladas y vulnerables frente al poder.

Otra modalidad nace de la frustración y la desesperanza. Son personas que alguna vez se acercaron a la política, pero se sintieron defraudadas por la corrupción, las promesas incumplidas o la falta de respuestas. Este desencanto erosiona el compromiso ciudadano y alimenta la desmovilización.

Ferrero recordó también que la antipolítica tiene raíces profundas en la historia argentina. Fue promovida por oligarquías y grupos dominantes a través de procesos de despolitización, especialmente durante la última dictadura militar, donde la violencia estatal cercenó la participación y sembró miedo en la sociedad.

Una cuarta vertiente, diferente a las anteriores, es la que surge desde la revuelta política. Ejemplo de ello es la consigna “Que se vayan todos” del 2001: un rechazo frontal al sistema político nacido de la organización popular y la movilización en las calles. Aunque cuestiona el orden establecido, sigue siendo un hecho profundamente político.

En la vida cotidiana, estas vertientes a veces se cruzan. En una charla con vecinas y vecinos, pueden aparecer rechazos que vale compartir, otros que conviene combatir y algunos que hay que comprender porque provienen de la decepción. También hay discursos nacidos de la ignorancia que necesitan ser enfrentados con formación y debate.

Para Ferrero, comprender las distintas formas de la antipolítica es clave para definir estrategias. Algunas se trabajan desde la empatía y la escucha, otras desde la educación política, y otras, desde la construcción de alternativas colectivas que devuelvan la confianza en la acción organizada.

En tiempos de crisis y desmovilización, la pregunta “¿qué hacemos con la antipolítica?” es, también, una invitación a repensar nuestras prácticas, renovar los espacios de participación y no dejar que el individualismo y el desencanto nos roben la herramienta de transformación que es la política.

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